La conjugación de los intereses de autores y productores de obras que puedan circular en medios digitales (música, películas, libros, programas informáticos, etc.) por una parte, y los de usuarios de esos contenidos por otra, es una cuestión que aún no está resuelta.
Hace dos o tres décadas era una práctica común e incluso socialmente bien vista, el que una amiga grabase a otra un disco de vinilo en cinta de cassete. Hoy en día, con la tendencia a lo digital, esa práctica resulta mucho más sencilla y rápida, y cualquiera puede hacer una y otra copias “perfectas”, sin perder calidad en la duplicación, y por un coste insignificante. Además, gracias a Internet se da la facilidad para compartir no ya con un amigo sino con muchas de las personas del mundo que tenemos el privilegio de una conexión a Internet, así sea que son amigas o ni las conocemos.
Estos avances de la tecnología ponen en jaque el actual modelo de negocio de muchos autores y sobre todo productores, demasiado basado en la venta de cada copia del producto original, y se oyen voces en contra hasta en la industria del porno. Por ello, algunos de los más grandes de entre quienes sienten que sus beneficios se tambalean a causa de un cambio de época, pusieron en marcha el denominado DRM, Digital Rights Management (o Digital “Restrictio
n” Management, para algunos). Éste consiste en el uso de distintas tecnologías dentro de los reproductores y visores (bien hardware o software) de contenidos digitales, de modo que intentan asegurar que un contenido sólo va a poder ser disfrutado por determinadas personas -se supone que las pagadoras- quizás un número limitado de veces, impidiendo la posibilidad de copia.
Pero la experiencia ha demostrado que el uso de los métodos DRM resulta bastante improductivo. Es conocido que antes o después surgen sistemas que se saltan las distintas protecciones, sea por software o bien burlando la vigilancia en internet, y en ocasiones el sistema DRM se vuelve en contra del usuario “legal”: un DRM erróneo puede restringir también el uso de aquellas obras “no problemáticas” propiedad del usuario, por no hablar de otras consecuencias como la vulnerabilidad causada por un programa DRM que Sony impulsó. Hasta Steve Jobs, presidente de Apple, reconocida firma por sus pŕacticas cerradas y privativas, ha afirmado que el DRM no favorece la venta de música en línea.
En mi opinión, creo firmemente que todo esto del DRM es querer poner vallas al campo. La Free Software Foundation, organización líder a nivel mundial en la promoción de la libertad del software, celebra hoy 4 de mayo el día internacional contra el DRM.
Compartir es bueno y el quid de la cuestión es dar con un modelo económico que posibilite disfrutar a usuarios, al tiempo que asegure unos ingresos para que los autores y editores puedan tener la solvencia económica adecuada para el ejercicio de su actividad.
En España tenemos ensayos que resultan impopulares: la ley Sinde y el canon digital, impuesto gestionado por entidades privadas que a veces emplean métodos un tanto “mafiosos”, y cuya distribución del beneficio no es claro que remunere al creador de las obras tanto como debiera. Por otra parte, es una medida que, tal y como está aplicada en cualquier dispositivo susceptible de guardar información digital (CDs, teléfonos móviles, discos duros),… legitima la copia.
En Brasil, por contra, estudian otro modelo basado en que una parte de los beneficios de las operadoras de telecomunicación vaya a parar a los creadores.
¿Hallaremos algún día la piedra filosofal que equilibre demandas de acceso libre a la cultura y sostenibilidad creativa?